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LA FAMILIA QUE SE COMUNICA

Nadie duda acerca de la necesidad de que los miembros de una familia se comuniquen adecuadamente entre sí. Más aún, se atribuye a la falta de comunicación entre padres e hijos, una serie de problemas que perturban la convivencia en el hogar, como son las crisis de adolescencia, las conductas problemas e incluso el consumo de drogas.

Admitiendo todo lo dicho, ¿por qué se siguen cometiendo graves en cuanto a la comunicación y en general, a la interacción dentro de la familia?

Sencillamente porque los deseos de comunicarse mejor no se traducen en comportamientos concretos, como los que a continuación se señalan.

APOYO Y NO SOBREPROTECCIÓN

Los padres deben brindar protección y apoyo a sus hijos, pero también recordar que la sobreprotección resulta dañina. Los adolescentes y jóvenes deben tener sus propias experiencias, sentirse apoyados, pero a la vez independientes. De este modo, los consejos, actitudes, modelos y experiencias de los padres resultan valiosos a la medida en que éstos comprendan a sus hijos.

De otro lado, toda familia debe tener normas claramente establecidas. Las mismas que deben ser cumplidas en primera instancia, por los mayores. Los padres deben llegar a acuerdos y negociaciones, exponiendo argumentos sólidos y escuchando los puntos de vista de los demás miembros de la familia.
Asimismo, la toma de decisiones de los padres debe ser compartida por ambos, ya que la descalificación del uno hacia el otro genera confusión y propicia la manipulación por parte de los hijos.

En cuanto a la interacción con ellos, ésta no debe restringirse a señalarles sus deberes, sino que debe insistir en lo afectivo. A los hijos se les debe escuchar, respetar sus opiniones y reforzarlos en sus buenas acciones.

En todos los casos, la comunicación debe ser directa, franca y clara. Si los hijos confían a los mayores sus problemas o intimidades, se deben guardar celosamente sus confidencias.
Se debe recordar que los padres no siempre tienen la razón en sus ideas y concepciones. Ser extremistas no es lo más adecuado.

En ese sentido, si un miembro de la familia se equivoca, es mejor reflexionar con él que criticarlo. Ridiculizar, castigar o hacer comparaciones entre hermanos no es lo correcto.
Finalmente, la vocación por tal o cual profesión no debe imponerse, ni mucho menos inducirse justificándola con argumentos de carácter lucrativo. En este aspecto, la opinión de los hijos debe ser respetada.

En general, compartir emociones, alegrías, tristezas, miedos o ansiedades fortalecen la armonía familiar.


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