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PORQUE
NO A LAS DROGAS
Alejandro
Vassilaqui (*)
Hace
ya siglos que el consumo de sustancias psicoactivas ha dejado
de circunscribirse a rituales religiosos y grupos reducidos,
para convertirse en un acto de escape y de búsqueda
de compensación de un vacío existencial que
parece experimentar un porcentaje significativo de seres
humanos y que tiene incluso características orgiásticas
o catárticas, produciendo, a su vez, serios daños
en la salud individual y pública.
Hace
también mucho tiempo que el consumo pasó de
ser una decisión de un sector adulto, para ingresar,
cada vez más, a la población joven, aún
adolescente, e instalarse como parte de la vida diaria en
un porcentaje cada vez mayor de ciudadanos. Lo revelan los
estudios epidemiológicos que arrojan en el Perú
un total aproximado de 1’500,000 personas que han
probado alguna vez drogas ilegales en su vida y un estimado
de 160,000 adictos y alrededor de 1’000,000 de familiares
que sufren directamente las consecuencias de la adicción
como parte de la realidad nacional.
Y es evidente que el narcotráfico se ha convertido
en una “exitosa” transnacional que pasa por
encima de cualquier valor ético para centrarse sólo
en lo crematístico, sin consideración alguna
por la vida de las personas a las que visualiza exclusivamente
como potenciales consumidoras. Por ello, la captación
de adolescentes en el consumo , es una estrategia de “marketing”,
pues si el menor se inicia temprano será probablemente
un cliente “de más largo aliento”.
Se afirma
en algunos círculos que en última instancia
la decisión de consumir sustancias es personal. Sin
embargo, la intervención del estado es fundamental
para que las decisiones que tome la ciudadanía sean
de la mejor calidad y se basen en los principios éticos
del bienestar personal y el bien común. Por ello,
las políticas y acciones firmes desde el estado se
dirigen a hacer cumplir las normas para proteger a los ciudadanos
y ciudadanas, sobre todo a aquellos de mayor vulnerabilidad
como son los adolescentes y jóvenes. Cuidarlos, velar
por sus derechos es atacar la disponibilidad de sustancias
desde su producción , así como dotarlos, a
través de una formación adecuada, de herramientas
para una vida en equilibrio que incluya alternativas laborales
lícitas.
Es evidente
que sobre todo el consumo de drogas cocaínicas, incrementa
la inseguridad en las calles. La rápida dependencia,
que genera, sobre todo la pasta básica , va asociada
con violencia y criminalidad y estas son experimentadas
por los propios consumidores y sus familias que también
se convierten en víctimas, en este círculo
perverso que no acaba en ellos, si no que afecta también
al ciudadano de la calle que sufre de agresiones por parte
de consumidores psicopatizados .
Más
aún el narcotráfico atenta contra la seguridad
nacional ya que en alianza con el terrorismo busca que parte
del país goce de una condición de “estado
liberado de facto” en la que el ingreso de autoridades
está vetado, así como de todos aquellos que
propugnan un cambio hacia lo lícito.
Obviamente
el problema no es sólo represión, así
como tampoco es suficiente decir no a la droga. Se requiere
profundizar los programas de desarrollo sostenible junto
con una formación ética y un cambio cultural
que es lo que la propia población reclama.
Ello requiere una hoja de ruta precisa y clara que todos
debemos tomar como guía para coadyuvar en los esfuerzos
del Estado Peruano.
(*)Director
Ejecutivo CEDRO
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